Crónica Constitucional
Resulta indispensable la apertura de todos los actores a discutir racionalmente sobre contenidos, dejando atrás mezquinas luchas de poder o defensas de intereses particulares.
Hoy 'El Mercurio' inicia la publicación de un cuerpo especial que acompañará semanalmente todo el proceso constitucional, buscando así abrir un espacio al debate e intercambio democrático de ideas. No es necesario insistir en la importancia de que este camino que el país recién comienza termine de forma exitosa, para lo cual resulta indispensable la apertura de todos los actores a discutir racionalmente sobre contenidos, dejando atrás mezquinas luchas de poder o defensas de intereses particulares. Ahí deseamos ser un aporte, en un ambiente en que con demasiada frecuencia se recela de ideas diferentes y se tiende a caer en las descalificaciones personales o en la cancelación de quien piensa distinto. Esa deshumanización de quien se juzga como adversario, en que cualquier acercamiento está vedado o considerado una especie de traición, está en la base de los quiebres de la convivencia y la pérdida de la democracia. El abuso de una retórica airada o incendiaria no es inocuo en el resultado de un proceso como el que enfrentamos.
Un primer desafío es debatir de buena fe sobre información fáctica real, sin cerrarse a la posibilidad de ser convencidos con nueva información o mejores argumentos. Ello implica salir de confortables enfoques simplistas, propios de mentalidades autoritarias, y entender que la mayoría de los problemas que se plantearán son complejos, tienen matices y su diseño concreto requerirá de soluciones sofisticadas e innovadoras. La experiencia muestra que pequeños cambios en los principios o formulaciones generales pueden tener consecuencias insospechadas en su aplicación práctica. Abordar materias como las demandas de autonomía y reconocimiento de los pueblos indígenas, una mejor protección del medio ambiente, el régimen político de gobierno, la equidad de género o los derechos sociales de salud, educación y previsión, por ejemplo, requiere de diseños específicos para cada una de esas realidades. Caer en un debate maniqueo entre buenos y malos, una élite abusadora y un pueblo virtuoso, o tratar de imponer de forma unilateral una determinada 'verdad histórica' o dejarse llevar por teorías conspirativas, sirve de fachada para esconder la pobreza de los argumentos y da cuenta de un cierto temor a una discusión reflexiva. Una simple acumulación de pretensiones identitarias está muy lejos de lo que debiera ser una Constitución, llamada a ser la 'casa de todos'.
Chile cuenta con una rica historia constitucional, cuya tradición en múltiples áreas no cabe desdeñar. La pretensión de refundar desde cero no solo es ingenua, sino que suele traer malos augurios. Además, cualquier cambio de magnitud que se apruebe requerirá tiempo y gradualidad para adaptar y fortalecer las instituciones. Bien harían los actores políticos si, en lugar de presionarlas o intentar arrastrarlas a sus propias posiciones, las dotaran de independencia y solidez técnica, sin subordinarlas a intereses partidistas o de grupos de presión. En cambio, socavar las instituciones solo nos acerca al imperio del más fuerte y nos aleja del desarrollo.
Cualesquiera sean los cambios que se aprueben o los reconocimientos que se hagan, para alcanzar un mayor bienestar de la población se requerirá de crecimiento económico, desafío insólitamente ausente hasta ahora en el debate, como si se tratara de algo ya dado o respecto de lo cual las resoluciones que se adopten no tuvieran consecuencias. Ahí el papel del emprendimiento e iniciativa individual resulta insustituible. Si se pretende reemplazar esta tarea por la existencia o fortalecimiento de un Estado planificador o empresario, difícilmente se podrán satisfacer las demandas ciudadanas.
A su vez, la profundización y resguardo de la competencia económica y una modernización del mismo Estado, la que por su complejidad y costos políticos ha sido postergada por las distintas administraciones, resultan algunas de las tareas urgentes para el éxito de cualquier intento que se plantee de modo serio lograr un mejoramiento sustantivo en las condiciones de vida de las personas.
Desde esa perspectiva es que 'El Mercurio' busca contribuir en este, un momento decisivo de nuestra trayectoria como país.
Un primer desafío es debatir de buena fe sobre información fáctica real, sin cerrarse a la posibilidad de ser convencidos con nueva información o mejores argumentos. Ello implica salir de confortables enfoques simplistas, propios de mentalidades autoritarias, y entender que la mayoría de los problemas que se plantearán son complejos, tienen matices y su diseño concreto requerirá de soluciones sofisticadas e innovadoras. La experiencia muestra que pequeños cambios en los principios o formulaciones generales pueden tener consecuencias insospechadas en su aplicación práctica. Abordar materias como las demandas de autonomía y reconocimiento de los pueblos indígenas, una mejor protección del medio ambiente, el régimen político de gobierno, la equidad de género o los derechos sociales de salud, educación y previsión, por ejemplo, requiere de diseños específicos para cada una de esas realidades. Caer en un debate maniqueo entre buenos y malos, una élite abusadora y un pueblo virtuoso, o tratar de imponer de forma unilateral una determinada 'verdad histórica' o dejarse llevar por teorías conspirativas, sirve de fachada para esconder la pobreza de los argumentos y da cuenta de un cierto temor a una discusión reflexiva. Una simple acumulación de pretensiones identitarias está muy lejos de lo que debiera ser una Constitución, llamada a ser la 'casa de todos'.
Chile cuenta con una rica historia constitucional, cuya tradición en múltiples áreas no cabe desdeñar. La pretensión de refundar desde cero no solo es ingenua, sino que suele traer malos augurios. Además, cualquier cambio de magnitud que se apruebe requerirá tiempo y gradualidad para adaptar y fortalecer las instituciones. Bien harían los actores políticos si, en lugar de presionarlas o intentar arrastrarlas a sus propias posiciones, las dotaran de independencia y solidez técnica, sin subordinarlas a intereses partidistas o de grupos de presión. En cambio, socavar las instituciones solo nos acerca al imperio del más fuerte y nos aleja del desarrollo.
Cualesquiera sean los cambios que se aprueben o los reconocimientos que se hagan, para alcanzar un mayor bienestar de la población se requerirá de crecimiento económico, desafío insólitamente ausente hasta ahora en el debate, como si se tratara de algo ya dado o respecto de lo cual las resoluciones que se adopten no tuvieran consecuencias. Ahí el papel del emprendimiento e iniciativa individual resulta insustituible. Si se pretende reemplazar esta tarea por la existencia o fortalecimiento de un Estado planificador o empresario, difícilmente se podrán satisfacer las demandas ciudadanas.
A su vez, la profundización y resguardo de la competencia económica y una modernización del mismo Estado, la que por su complejidad y costos políticos ha sido postergada por las distintas administraciones, resultan algunas de las tareas urgentes para el éxito de cualquier intento que se plantee de modo serio lograr un mejoramiento sustantivo en las condiciones de vida de las personas.
Desde esa perspectiva es que 'El Mercurio' busca contribuir en este, un momento decisivo de nuestra trayectoria como país.

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